La verdadera magia de Harry Potter

En esta oportunidad nos hacen llegar Patricia Paluch, ya una amiga de la casa (quien ha dado varias charlas en los años pasados por ej. sobre Cine y Psicoanálisis) y Nora Corrales, otro enfoque sobre el querido mago de la cicatriz.

La verdadera magia de Harry Potter

El éxito obtenido por los libros de Harry Potter se contrapone al desinterés que la mayoría de los niños venían mostrando hacia la lectura. Es por eso que padres y maestros se preguntan por qué se ha convertido en el personaje literario más famoso de la actualidad, posibilitando el tan ansiado retorno a la literatura.

Sobre todo, si se considera que el argumento presenta la intrincada historia de un niño que - por haber quedado huérfano siendo aún un bebé - se ve obligado a vivir sus primeros años junto a unos tíos desalmados y un primo cruel. Entonces, ¿cómo es posible que un joven lector pueda sentirse tan interesado en recorrer tales desventuras?

A mediados del siglo XX, las corrientes psicologistas en boga critican y censuran la literatura infantil clásica con hadas, magos, brujas, maleficios, odios y venganzas. El objetivo, preservar al niño de cualquier sentimiento hostil que pudiera producirle ya que postulan a la niñez como una etapa de ingenuidad e inocencia. El efecto impensado es que la lectura deviene más un trámite que una apasionada aventura.

Con la intención de ensayar una explicación a este estado de cosas, recurriremos a la teoría psicoanalítica. Una de sus más importantes y resistidas hipótesis plantea que la infancia es un tiempo de procesos psíquicos turbulentos donde se despliegan conflictivas de una gran complejidad.

Se entiende entonces que cuando se ofrecen textos simples o con conflictos extensamente elaborados, al niño lector sólo le resta realizar un proceso de lectura trivial que no le permite llevar a cabo ningún trabajo psíquico que pueda estar en consonancia con el que - urgido por las demandas del crecimiento - tiene que ir produciendo en su propia vida.

En suma, cuando las historias le aportan pocas emociones y demasiadas palabras explicativas, el niño se ve invadido por una monotonía nada propiciatoria. Es algo así como si se le diera una comida mezclada y procesada –quitándole el placer de la degustación- cuando él ya es capaz de paladear los distintos sabores.

Lo mismo sucede cuando se utiliza la literatura para explicarle al niño sus propios sentimientos, provocándole la sensación de "ser transparente" ante el adulto que nombra los posibles pensamientos que desearía mantener en reserva. Como resultado, se pierde la oportunidad de conquistar un espacio subjetivo propio con la consiguiente adquisición de intimidad y diferenciación personal.

En este sentido, cabe recordar lo que Sigmund Freud dijo sobre ciertos artistas que tienen la capacidad de alojar en su creación los pensamientos inconscientes más profundos del ser humano. Es por eso que el encanto que los niños vivencian ante una historia radica, en gran parte, en encontrarse con aquellos sentimientos como los celos, la ira, la rivalidad, el miedo que están en su psiquismo.

Compartir con un niño tales cuentos - ya sea a través de la narración o de la lectura - implica proveerle de un material riquísimo para que haga con él lo que desee, sin que deba rendir cuenta a nadie de las emociones y pensamientos que le suscita. Sólo se trata de acompañarlos a volver a aventurarse en los caminos de la literatura…

Lic. Patricia Paluch y Lic. Nora Corrales
- Psicólogas y Psicoanalistas -

1 comentarios:

  1. isabelle_panzani@hotmail.com dijo...:

    Muy bueno el concepto. Mi hizo acordar al desaparecido Bruno Bettelheim que tanto admiro. La lectura permite al niño crear su propio abecedario de lo imaginario que lo puede proteger durante su crecimiento de muchos males.

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